El señor de bronce es Gonzalo Fernández de Oviedo: le explicó a Europa qué era una piña, conoció a Leonardo da Vinci, cruzó el Atlántico diez veces, y documentó con admirable caligrafía cómo un perro de guerra cobraba su salario en oro y esclavos. El chihuahua cobra en galletitas. Pero vamos por partes, porque también contó mucha cosa de Costa Rica.
Nació en Madrid en 1478. A los doce ya estaba en la corte de los Reyes Católicos. A los catorce ya era paje del príncipe Juan, el heredero que moriría joven, paje: algo así como un asistente personal, pero con más protocolo y menos sueldo. Asistió a la toma de Granada. Conoció a los hijos de Colón. Vio morir a su príncipe en 1497 y, al perder su trabajo, se fue a Italia.
En Italia pasó tres años. Frecuentó la corte de los Sforza y, según fuentes imprecisas y deliciosas, conoció a Leonardo da Vinci. En sus Quinquagenas escribió:
«Anduve por toda Italia, donde me di a conocer, leer y entender la lengua toscana y busqué libros en ella.»
Regresó a España porque en Italia no le pagaron a tiempo. Fue un burócrata. Se casó. Enviudó. Se casó de nuevo. Y entonces llegó 1514, y con ese año, la mejor opción que le quedaba: América.
Embarcó en la expedición de Pedrarias Dávila al Darién como veedor de la fundición del oro. Pero Oviedo escribía compulsivamente desde niño, y descubrió en las Indias algo que ningún libro de cuentas podía contener: un mundo entero sin nombre en español.
Para explicarle una piña a Europa, escribió:
«Se parece al piñón del pino por fuera, pero esta piña del nuevo continente no es de madera y puede comerse; basta quitar la cáscara y su sabor es semejante al del melocotón, con olor a melocotón y membrillo.»
Europa tardó doscientos años en entender la piña. Todavía le ponen mayonesa.
Isabel, su segunda esposa, cruzó el océano para reunirse con él. Murió allí, junto con varios de sus hijos. América le cobró todo. Se casó una tercera vez, porque, según él mismo explicó con una franqueza encantadora, no quería tener mancebas, como otros amigos suyos las tenían.
Cruzó el Atlántico diez veces. Diez. Carlos V lo nombró en 1532 Cronista Oficial de Indias, que era la manera que tenía el Imperio de decir: «Ya que está ahí, suelte el chisme».
En 1529, viajando de Panamá a Nicaragua, Oviedo se detuvo un mes en el Golfo de Nicoya. Cualquier viajero moderno que haya tomado el ferry a Paquera sabe que un mes en el golfo es mucho golfo. Hizo algo que nadie había hecho: trazó un mapa. Registró islas, puertos, cabos y cacicazgos: Orotina, Corobicí, Zapandi, Chira, Canjel, Huetar, Chorotega. La fotografía de un mundo que tenía los días contados.
Sobre Chira: «muy poblada y fértil», más de quinientos guerreros. Una noche de agosto de aquel año, presenció una fiesta del cacique Nambí en Nicoya: ochenta indígenas danzando, fumando tabaco, bebiendo cacao y chicha hasta la medianoche. Oviedo, escandalizado, le recomendó que terminara con esas borracheras. Nambí le respondió:
«Que en lo de las borracheras él veía que era malo; pero que era así la costumbre y de sus pasados, y que si no lo hiciese, que su gente no le querría bien y le tendrían por de mala conversación y escaso, y que se le irían de la tierra.»
Quinientos años antes de las encuestas, un cacique chorotega ya sabía que gobernar es no perder la base. Y darles guaro.
Escribió cincuenta libros. La Historia general y natural de las Indias es su obra mayor: un continente metido en páginas. Entre sus personajes más memorables está Leoncico, hijo de Becerrillo, otra bestia de guerra célebre: había dinastías de perros asesinos. Los conquistadores los usaban para despedazar indígenas, el aperreamiento: echar perros de presa a seres humanos. El propio Oviedo lo describió:
«En viendo un indio lo hacían pedazos y lo comían como si fuera un puerco.»
Leoncico era tan eficaz que cobraba su parte del botín como un soldado: oro y esclavos. Esa era la época: donde Las Casas veía víctimas, Oviedo veía súbditos. Era un hombre del Imperio.
Le dieron el mando de la Fortaleza Ozama, en Santo Domingo. Allí mandó, allí escribió, allí envejeció. Y allí murió, el 26 de julio de 1557, a los setenta y nueve años, en la ciudad que fue más suya que Madrid. Hoy hay una estatua suya frente a esa fortaleza, viendo al mar. Hay otra en un parque de Rohrmoser, viendo chihuahuas.

